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Cómo enseñarles a ser optimistas

Tanto el optimismo como el pesimismo son hábitos que se pueden aprender.

Tanto si crees que  puedes como si no…

…estás en lo cierto.

El pesimista es aquel que presupone que ya no hay nada que hacer  ante un problema y por tanto no hace, no crea, no construye, o por lo menos no lo hace con la suficiente energía que necesita para ser eficaz. El pesimismo es un hábito que puede tener consecuencias desastrosas como: carácter depresivo, bajo rendimiento, resignación, incluso una salud pobre. Los pesimistas pueden acabar perdidos en la pasividad y la tristeza.

Por el contrario, los optimistas tiene mejor humor suelen ser más sanos, más exitosos, e incluso parece que más longevos. Rara vez se sienten sin control de los acontecimientos.  Están más abiertos a los cambios, les gusta explorar y descubrir cosas nuevas. Terminan lo que empiezan, son agradecidos. Muy importante, un optimista no es un iluso, sino que ha aprendido a interpretar las experiencias dolorosas como parte de la existencia por lo que encuentra beneficios aun en condiciones difíciles.  El pesimista desaprovechará oportunidades mientras el optimista es capaz de crearlas, de salir reforzado incluso en situaciones adversas.

La buena noticia es que tanto el optimismo como el pesimismo son hábitos que se pueden aprender.

 El pesimista desaprovechará oportunidades mientras el optimista es capaz de crearlas, de salir reforzado incluso en situaciones adversas”.

Si observamos cómo evolucionan los niños, veremos que en los dos primeros años van a realizar dos de los aprendizajes más difíciles que podemos acometer a lo largo de nuestra vida, andar y hablar. Durante esos dos primeros años  los niños desarrollan una lucha titánica hacia la autonomía y el control personal, hacia el dominio y la superación. Cuando empiezan a andar tropiezan con los obstáculos y persisten. Cualquier padre ha tenido la experiencia de tener que ir poniendo cojines u otras barreras e impedimentos que el niño se va saltando en cuestión de tiempo.

La acción de dominio es la base en la que se forja el optimismo. La tarea de nuestros hijos ayudados de unos adultos informados es adquirir hábitos de insistir frente a los desafíos y aprender a superar los obstáculos.

Cuando el niño entra en la escuela la táctica pasa de la acción  a la manera como el niño piensa, especialmente cuando fracasa. Los niños desarrollan teorías de porque tienen éxito y por que fracasan. Estas teorías son la base de su optimismo o su pesimismo.

El pesimismo no es innato ni depende de la realidad, muchas personas con vidas difíciles son optimistas. La base del optimismo no reside en las frases positivas o las imagines de victoria sino en el modo como uno piensa en las causas.

En la pubertad la visión del mundo de nuestros hijos cristaliza. Se inicia en la pubertad los dolorosos rechazos y fracasos. A esa temprana edad el pesimismo produce depresión y bajo rendimiento.

 

 

El estilo explicativos sobre los éxitos y los fracasos parece diferente para los pesimistas y los optimistas:

 

Atribución del éxito o fracaso Locus de control 
Interno Externo
Estabilidad de las causas Estable Capacidad Dificultad en la tarea
Inestable Esfuerzo suerte

 

Para los pesimistas los fracasos tienen un origen interno; además perciben la situación de forma estable, que difícilmente va a cambiar.

  • Ejemplo: “he suspendido porque soy muy malo en matemáticas o porque el profesor me tiene manía”. No hay nada que él pueda hacer o cree que hay muy poco que esté en su mano.

Al contrario los éxitos los explican como algo externo e inestable.

  • Ejemplo: “menuda suerte que he tenido”.

Por el contrario, los optimistas se explican los éxitos atribuyéndose un locus de control interno que además es estable. He aprobado porque soy bueno en  matemáticas. Y ante los fracasos hacen atribuciones externas (salvando su autoestima) e inestables (por lo que tienen un plan para revertir la situación).

  • Ejemplo: “He suspendido porque el examen era muy difícil, pero estudiando más apruebo”.

Los que crean que el éxito se debe a causas permanentes cuando encuentran un obstáculo, persistirán  mientras que los pesimistas incluso con éxito pensarán que se debió al azar y no insistirán ante las dificultades.

Por sus expresiones los conoceréis

Los pesimistas suelen usar generalizaciones como “siempre” o “nunca”.  Pensemos en como corregimos y hablamos a nuestros niños cuando estamos enfadados solemos decir cosas tan generales como “eres un desastre” o “eres un desordenado”. Y para felicitarlos “cómo me gusta lo que has hecho hoy”. Tal vez merecería la pena invertir los estilos a la hora de premiar o corregir.  Si criticamos por ser perezosos (lo hacemos permanente) hoy no te has esforzado es más apropiado.

Veamos dos ejemplos extraídos del libro de Martín Seligman sobre cómo enseñar optimismo: Un niño que no consigue montar un cohete con piezas de lego se desespera viendo que su hermana mayor lo hace mejor. Su padre trata de aliviarlo.

  • Niño: “mi cohete es muy malo, el de mi hermana es mejor”.
  • Padre: “es muy bonito, a mi me gusta tu cohete”.
  • Niño: “¿y por qué el de Raquel es más grande? No sé hacer nada bien.
  • Padre: “no es verdad, puedes hacer cualquier cosa que te propongas, te voy a hacer el mejor cohete y será para ti”.

La intención del padre es buena pero comete tres errores:

  1.  Lo que dice es mentira y su hijo lo sabe. Debe decirle la verdad: cuando él tenga más edad hará los cohetes mejor, todo lo que haga será más robusto, y que cuando su hermana solo tenía 6 años como él tampoco sabía hacerlo.
  2. Para que se sienta mejor le construye una nave que él no puede hacer por sí mismo. El mensaje “cuando las cosas no vayan como tú quieres date por vencido y espera a que alguien venga a socorrerte” . Tratando de reforzar la autoestima le ha dado una lección de incapacidad.
    El fracaso no es catastrófico, es la interpretación que hacemos de él lo que puede serlo. El padre debe comprender a su hijo y valorar sus sentimientos, pero no resolver el problema por él.
  3.  El 3º error es el más importante: debe contrarrestar el modo en que su hijo interpreta el fracaso. Tiende a ver el lado más triste de sus contratiempos como “soy tonto” “nunca me sale bien”.

Veamos el segundo ejemplo:

Una niña sale muy disgustada de su primera clase de ballet ya que no se le da nada bien, no ha podido hacerlo al nivel de las otras niñas.

Madre: Se que es doloroso sentir que no eres tan buena como las otras niñas, yo también me he sentido decepcionada algunas veces. Pero ¿sabes lo que hago cuando eso ocurre?, sigo intentándolo y luego siempre mejora. Si quieres lo podemos ensayar juntas, ¿qué te parece?

La teoría que hará la niña sobre el fracaso será que es transitorio y localizado.

Enseñamos mal la autoestima. Al hacer hincapié en lo que el niño siente a expensas de lo que el niño hace (aprender, perseverar, superar la frustración y el aburrimiento, abordar los obstáculos) estamos haciendo niños más vulnerables.

Cuanto más claras son las normas y los límites impuestos por lo padres, mayor es la autoestima del niño”.

Otro psicólogo, Stanley Coopersmith, midió la autoestima después evaluó la práctica de la educación de padres cuyos hijos poseían una elevada autoestima. Se encontró con un sorprendente hallazgo, aunque lamentablemente pasado de moda, acerca del origen de la autoestima: cuanto más claras son las normas y los límites impuestos por lo padres, mayor era la autoestima del niño.

Para sentirse bien hay que enseñar primero a hacerlo bien. Querer sentirnos bien sin haber aprendido a tratar con el mundo es confundir el medio con el fin. Algo de esto ya avisaba Aristóteles: “la felicidad no es una emoción que se pueda separar de lo que hacemos”.

 

Evitar la frustración, aliviar prematuramente la ansiedad y aprender a eludir los mayores desafíos: todo ello impide el desarrollo de nuevas habilidades. La  utilidad del sentimiento desagradable tiene que ver con superar la incapacidad. Cualquier tarea que podamos emprender se compone de varias etapas. Y en cada una de ellas se puede fracasar: si se fracasa en una etapa, se intenta de nuevo, se sale airoso de ella, se podrá pasar a la siguiente. Si las etapas no son muy numerosas y ninguna de ella es insuperable, se logrará el objetivo, pero solo si se sigue intentando después de cada fracaso. Si a la menor vacilación se deja de intentar, se fracasará en el conjunto de la tarea.

Cuando algo nos va mal tenemos dos opciones: cambiar la situación o abandonar. Una lleva al dominio, la otra, a la indefensión. Para sentir el dominio necesitamos pasar por el fracaso. Pocas cosas que merecen la pena se consiguen sin perseverancia. Cuando instintivamente protegemos a nuestros hijos del fracaso, les privamos de aprender la técnica del tesón y la perseverancia. Si nos apresuramos a reforzar su autoestima, suavizar su decepción y a distraerle con una lluvia de felicitaciones, haremos que le resulte difícil lograr el dominio. Si le privamos del dominio, debilitamos su autoestima.

En palabras de Seligman: “al arrancar la ansiedad y la tristeza crearon niños con riesgo de depresión injustificada. Al fomentar el éxito barato, produjeron una generación de fracasos muy caros”.

En palabras de Seligman: “al arrancar la ansiedad y la tristeza crearon niños con riesgo de depresión injustificada. Al fomentar el éxito barato, produjeron una generación de fracasos muy caros”.

George Lucas, el creador de la Guerra de las Galaxias, después de que una tormenta destrozase todo el material y el decorado donde tenían que rodar, le dijo a su equipo que aquello era una señal de que la película iba a ser un éxito, pues ya le había pasado en la primera.

Tanto el pesimismo como el optimismo son una teoría de la realidad, por lo que nos conviene tener en cuenta otro interesante descubrimiento: El efecto Pigmalión. Este efecto demuestra que (también en las aulas) las expectativas del observador terminan por cumplirse, a efecto de una profecía auto-cumplida.

La próxima vez que escuches el refrán “Piensa mal y acertarás” yo añadiría para “tu desgracia” quizás prefieras elegir otra opción que te lleve a mejor puerto.

Si piensas en la primera frase del artículo: Si piensas que puedes: ¿Qué harás? ¿Hacia dónde te conduce ese pensamiento? Y si piensas que no: ¿Qué harás? ¿A dónde te dirige este otro pensamiento?. Quizás en ocasiones tengamos que elegir nuestros pensamientos como elegimos la ropa que nos vamos a poner y pensar dos veces las explicaciones que nos hacemos de nuestros éxitos y nuestros fracasos.

Roberto Pérez Silva
Psicólogo orientador Educación Primaria
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